Ya basta de tanto hablar

La sobreexposición tiene un costo.
Esmaragdo Camaz
Analizando
Hay un límite para todo, incluso para la voz de una presidenta.
Cada mañana la vemos hablar. Largo, pausado, con la seguridad de quien sabe que el micrófono no se le va a acabar. Los fines de semana la escuchamos en eventos por los estados: más discursos, más promesas, más palabras. Septiembre se lo pasó hablando. Y ahora, cuando uno pensaba que ya no quedaba espacio libre en la agenda, aparece el streaming en vivo por las tardes.
¿No se cansa?
Al parecer no. El formato lo premia: mientras más tiempo al aire, más presencia, más control del relato. Las mañaneras ya son un ritual diario. Las giras llenan el resto. Y el live de la tarde cierra el círculo. El mensaje implícito es claro: no hay momento del día en el que no debas estar escuchándola.
Pero la gente sí se cansa.
No es solo aburrimiento. Es saturación. La misma voz, el mismo tono, los mismos temas, todo el día, todos los días. Después de un rato deja de sentirse como comunicación y empieza a sentirse como ruido de fondo. Uno baja el volumen mentalmente, se salta los clips, cambia de canal aunque la pantalla siga encendida. No hace falta odiarla para hartarse de ella. Basta con que ya no aporte nada nuevo.
La sobreexposición tiene un costo. Cuando alguien ocupa tanto espacio, el resto de las voces se diluye. Las preguntas incómodas se vuelven más difíciles de plantear porque el monólogo ya llenó el tiempo disponible. Y el público, que también tiene una vida y una atención finita, empieza a desconectarse. Algunos por costumbre siguen viendo. Otros simplemente se van.
La política necesita presencia, claro. Pero también necesita silencio. Espacio para que las cosas se digan con menos palabras y más hechos. Espacio para que la ciudadanía no sienta que tiene que estar conectada a una transmisión permanente para no perderse “lo importante”.
Que hable cuando tenga algo que decir. Que lo diga con claridad y se calle. El país no necesita una presidenta que hable sin parar. Necesita una que sepa cuándo ya es suficiente.